La facultad en la que se forma a los futuros maestros se ha quedado pequeña y sus 2.100 alumnos tienen que repartirse en aulas prestadas de otros edifios del campus y estudiar en mesas colocadas por los pasillos del centro
Alas 9, clase en el edificio de Interfacultades, en el campus de San Francisco. En el descanso, carrera a la Facultad de Educación, junto al hospital Clínico, para gestionar unos trámites en la secretaría. Después, una lección en un aula del sótano y, a continuación, vuelta a Interfacultades. Este es el periplo que profesores y alumnos de la Facultad de Educación viven a diario. El centro carece de espacios suficientes para atender a los 2.100 estudiantes matriculados y se ve obligado a repartirlos por varias instalaciones: tiene aulas en el inmueble de la calle de San Juan Bosco, en Interfacultades y en el servicio de actividades deportivas. Los docentes tienen que aprovechar hasta el último recodo e imparten lecciones incluso en el gimnasio. "Todos los días hacemos encaje de bolillos. Este edificio se ha quedado muy pequeño. Aquí no cabemos todos", explica Enrique García, decano de Educación. No caben ahora y mucho menos lo harán cuando sus estudios se adapten a Europa. Entonces, Magisterio pasará a tener cuatro cursos, en lugar de tres. El Plan Bolonia exigirá grupos flexibles, con menos alumnos, para los que se necesitarán nuevas clases y seminarios. Y, además, Educación será la sede a la que se dirijan los que cursen el máster para ser profesor de Secundaria, título que en septiembre sustituirá al CAP, que ahora se impartía en el Instituto de Ciencias de la Educación (junto a la Facultad de Derecho). Un suma y sigue que el centro no puede afrontar sin nuevas instalaciones. "Algunos despachos los comparten hasta cinco profesores, los jóvenes no tienen espacio suficiente para estudiar y preparan sus materias en mesas del pasillo, y muchos cuando llegan dicen que esto está mucho peor que el instituto al que iban. Por no hablar de la impresión que se llevan los Erasmus. Necesitamos una nueva facultad", asegura el decano. La falta de espacio se extiende más allá de clases y despachos. En la biblioteca, por ejemplo, los trabajadores desarrollan sus labores rodeados de cajas y tomos apilados. Con más de 60.000 volúmenes, se ven obligados a guardarlos en armarios repartidos por los pasillos de la facultad. "Te acabas acostumbrando a estas condiciones, pero no son deseables y entorpecen el trabajo", cuentan las bibliotecarias. "Compartimos el edificio con el colegio Recarte y Ornat. En principio se ideó así para que los jóvenes hicieran prácticas, pero ahora los alumnos las hacen en más de 170 centros diferentes y estos espacios que tenemos divididos no son funcionales", afirma García. Las inclemencias del tiempo también han dejado huella en este inmueble. El viento arrancó recientemente las lomas de las ventanas y en algunos despachos se acumula un calor "insoportable". "Por no hablar del ruido. En los intermedios de clases, los alumnos se tienen que quedar en el pasillo y resulta complicado trabajar con el ruido de fondo en la sala de juntas o en el salón de actos cuando se está leyendo una tesis, por ejemplo", añade el decano. Ante la carencia de instalaciones adecuadas, la facultad trata de suplir ese déficit equipando las salas que tiene con el máximo de recursos posibles. Así, disponen de proyectores, aulas de informática, tablet pc e incluso, una sala de videoconferencias que utilizan para comunicarse y coordinarse con los responsables de los estudios de Magisterio en Huesca y Teruel, o con otras universidades. "Intentamos suplir con equipamientos e imaginación lo que nos falta en infraestructuras. Pero así no se puede seguir siempre. Esperamos que este sea, por fin, el año en el que veamos empezar la nueva facultad", apunta el decano.
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miércoles, 11 de marzo de 2009
Clases en sótanos y gimnasios
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