El fotoperiodista Gervasio Sánchez reflexiona en esta serie de artículos sobre las guerras con motivo de los 200 años de 'Los Desastres', que Francisco de Goya comenzó en 1810.
Cuando en octubre de 1984 llegué a El Salvador lo primero que hice fue visitar la tumba del arzobispo Oscar Arnulfo Romero en la catedral metropolitana. No podía olvidar su horrible muerte mientras oficiaba una misa en la capilla del hospital para cancerosos Divina Providencia. Había ocurrido el 24 de marzo de 1980 cuando yo estudiaba mi primer curso de periodismo. El francotirador cobarde le había destrozado el corazón frente al altar mayor y los propiciadores del crimen lo habían celebrado durante varios días. La guerra civil salvadoreña había empezado unos meses antes. Los escuadrones de la muerte ya actuaban con total impunidad. Sus jefes, entre los que destacaba un tipejo de aspecto chulesco llamado Roberto D´Aubuisson, habían hecho correr un eslogan siniestro: “Hagan patria, maten a un cura”. Delante de su tumba recordé la homilía del día anterior a su asesinato. Hizo un enérgico llamamiento al ejército salvadoreño: “Matan a sus mismos hermanos campesinos. Y ante una orden de matar que dé un hombre, debe prevalecer la ley de Dios que dice: "No matar". Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la Ley de Dios. Una ley inmoral, nadie tiene que cumplirla”. El alegato acabó con una frase histórica: “En nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: Cese la represión”. Desde entonces he visitado su tumba decenas de veces, algunas coincidiendo con nuevos aniversarios, otras con negociaciones de paz, las más porque pasaba por allí y quería sentir de nuevo la devoción que irradia este hombre, al que llaman San Romero de América, entre los más pobres de El Salvador. Algunas humildes vendedoras abandonaban sus puestos en el mercado durante unos minutos y se acercaban a pedir un deseo. Alguna madre que buscaba a su hijo desaparecido le suplicaba que intercediera ante los secuestradores. Algún mutilado rogaba por una pierna de plástico. Algún niño suplicaba el fin de la guerra. La tumba de Romero fue cambiada de lugar hace unos años. El horario restringido evita la afluencia de público como en el pasado. Descansa en la cripta de la catedral en un panteón que muestra su cuerpo “durmiendo el sueño de los justos”, rodeado por los cuatro evangelistas que lo envuelven en un precioso paño. Uno de los visitantes es muy crítico con la jerarquía salvadoreña: “Les molesta la fama de Monseñor. Por eso restringen las visitas. Arriba está la iglesia de los ricos y en la cripta la de los pobres”. Otro visitante no tiene dudas cuando dice muy emocionado: “Él es un santo”. Para Rosa Guerra Romero “es como un segundo padre” y por eso viene a visitarlo cada vez que se siente mal o cuando le quiere dar una alegría. “Lo mataron por decir la verdad. Nuestra iglesia está huérfana de pastores desde entonces”, comenta. Un grupo de estadounidenses visita la tumba. Uno de ellos lleva una camiseta con el retrato impreso del prelado. Pertenecen a la comunidad católica de Ohio y han ayudado económicamente a construir dos iglesias en Soyapango, un pueblo cercano a la capital. Cuando le pregunto qué significado tiene la figura del arzobispo mártir responde sin un ápice de duda: “Romero es mi héroe”. La causa para la beatificación del religioso, que se abrió en 1994, ha encontrado numerosos obstáculos en el Vaticano. Los más críticos afirman que la curia no está dispuesto a beatificar a un arzobispo que se enfrentó a la oligarquía salvadoreña y críticó con dureza las desapariciones forzosas y la impunidad. Pero el propio Juan Pablo II visitó su tumba en dos ocasiones y lo citó entre los mártires del siglo XX.
http://www.heraldo.es/index.php/mod.noticias/mem.detalle/idnoticia.39645/relcategoria.306
jueves, 19 de febrero de 2009
San Romero de América
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